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VIH: un virus atacado por otro virus

VIH: un virus atacado por otro virus

Muchos son los miedos y prejuicios que tenemos sobre el VIH y el SIDA. Tanto el miedo como el prejuicio pueden estar alimentados, en muchos casos, por la falta de información. En este sentido, la desinformación juega el papel de un virus, que hasta ahora no tiene cura.   

Florencia Delgado conversó con la doctora en Medicina Zaida Arteta para aportar una dosis de tratamiento contra la desinformación respecto del VIH y el SIDA.

Arteta es especialista en Medicina Interna, en Parasitología y Micología Clínica y en Enfermedades Infecciosas, de la Facultad de Medicina (Universidad de la República). Trabaja en la Cátedra de Enfermedades Infecciosas de la mencionada facultad y en el sistema de salud, tanto público como privado.

En Uruguay, el primer caso de VIH fue detectado el 29 de julio de 1983. Hoy, 35 años después, en este país hay unas 12.000 personas diagnosticadas: se sabe con certeza que son portadoras del virus VIH. Sin embargo, la doctora Arteta explica que se habla de 14.000 e incluso 16.000 personas. Esto se debe a que se tiene en cuenta el período de tiempo entre que el virus se adquiere hasta que se hace el diagnóstico, tiempo durante el cual muchas veces las personas no tienen síntomas. Se desconoce, así, el número de personas que tienen VIH y no lo saben. No obstante, Arteta aclara que por modelos poblacionales y matemáticos se estima que este número equivale a un 30% de las personas diagnosticadas, lo que, en términos generales, significa que un uruguayo de cada 200 tiene VIH. Esto no es característico de Uruguay: “en todos los países hay una cantidad de personas que tiene el VIH y no lo sabe”, como pasa con cualquier otra enfermedad.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de VIH y SIDA? ¿Estamos hablando de lo mismo?

Atacar lo básico

Ambas siglas, VIH y SIDA, están tan naturalizadas en nuestra sociedad que por esta misma razón vale la pena detenernos en lo que cada una significa, al menos en lo que a su nombre refiere. La primera, VIH, hace alusión al virus de la inmunodeficiencia humana (muchas veces escuchamos HIV, que responde a su nombre en inglés: human immunodeficiency virus). Según explica Arteta, el VIH actúa como cualquier otro virus, por ejemplo, como el del sarampión, la gripe o la hepatitis. Se trata de organismos más pequeños que una célula que son incapaces de sobrevivir solos. Para hacerlo, tienen que entrar en la célula de otro organismo y, una vez ahí, logran multiplicarse. Las células a las que penetran los virus pueden ser animales, humanas o vegetales; el VIH es un virus exclusivo de los humanos. Las células en las que habita son del sistema inmune: de la piel, de la sangre, del intestino… Estas son células que dan inmunidad a las personas, por lo que se las conoce como las células de las defensas. De esta manera, el VIH “usa la maquinaria de la célula para multiplicarse y, una vez que la célula se llena del virus, este la rompe y va a buscar otra”. Más específicamente, “activa el sistema inmune y rompe una cantidad de células de glóbulos blancos”, explica la doctora. En síntesis, cuando sucede este proceso se dice que una persona tiene el virus o la infección del VIH. Consiste entonces en un ciclo en el que el virus trabaja, y Arteta aclara que el tiempo en el que el virus actúa varía, puede ser más lento o más rápido, dependiendo tanto de la persona como del virus.

Por su parte, SIDA refiere al síndrome de inmunodeficiencia adquirida (en inglés, AIDS: acquired immune deficiency syndrome). La persona tiene SIDA cuando el ciclo del VIH perdura y continúa debilitando el sistema inmune, al punto de que los glóbulos blancos están muy bajos. Como consecuencia, la persona tiene inmunosupresión, es decir, disminución o anulación de la respuesta de las defensas del organismo, lo que comúnmente se conoce como defensas bajas. Para determinar este nivel bajo de las defensas se recurre a la medición de los glóbulos blancos. En particular, a un subtipo: los linfocitos CD4.

Este bajo nivel de las defensas produce infecciones, tumores y diversas enfermedades. Y es precisamente a este estadio al que se le denomina SIDA. ¿Por qué el nombre? Porque se trata de un conjunto de síntomas (síndrome) ocasionados por las bajas defensas (inmunodeficiencia) y porque no es congénito, es decir, la persona no nace con el virus, sino que lo adquiere (adquirido). La doctora resume que el SIDA, entonces, es el virus más las enfermedades desarrolladas. Además, explica que a estas enfermedades se las denomina “enfermedades oportunistas”, ya que aprovechan que las defensas están bajas para aparecer.

Arteta aclara que durante mucho tiempo, hasta la década del 90, aproximadamente, se habló de “etapa SIDA”, ya que había tres momentos claros: primero la persona se infectaba; luego, atravesaba el proceso en que el virus se iba multiplicando, aunque de forma asintomática; y en una tercera etapa la persona tenía las enfermedades del SIDA. Así, se consideraba que había una progresión de etapas. Posteriormente la persona se moría. Esto se daba en el 100% de los casos porque no existían tratamientos eficaces. Esta situación cambió, según la doctora, ya que “desde los años 90 se han ensayado distintos tratamientos, y hoy en día es más difícil hablar de etapas, porque la persona puede volver a tener las defensas altas”, es decir que es posible revertir las etapas. ¿Cómo es posible, entonces, tener el VIH, pero mantener el sistema inmunológico alto, y, por tanto, libre de enfermedades oportunistas?

Atacar lo principal

Una persona a la que se le diagnostica VIH positivo puede recibir una gran variedad de tratamientos, explica Arteta: “Hoy en día la realidad es diversa. […] en medicina prácticamente no hay ninguna intervención que reduzca la mortalidad y las complicaciones de esta infección como los tratamientos antirretrovirales”, asegura. Desde fines de los 80 hasta el 2010, la situación de que el 100% de los pacientes con VIH muriera dio paso a la inhibición del virus. En la actualidad contamos con tratamientos que hacen que “desde el punto de vista biológico el paciente puede no tener el virus activo”, explica Arteta. “El virus no es detectable [carga viral indetectable] en la sangre, solo hay material genético del virus en algunas células, pero no se puede multiplicar” debido a los tratamientos antirretrovirales, que evolucionaron significativamente en la década del 2000. Pero esta evolución continúa. De 2010 en adelante hubo otros grandes avances al respecto. En primer lugar, se descubrió que, haciendo uso del tratamiento, el virus no se transmite de madre a hijo durante el embarazo; posteriormente, que no se transmite mediante el uso compartido de jeringas; y, finalmente, que el virus no se transmite en parejas serodiscordante (aquellas en que una es VIH positiva y otra VIH negativa) que tienen relaciones sexuales sin profilaxis.

La doctora considera que la calidad de vida de las personas positivas que toman la medicación es prácticamente igual a la de la población en general. Esto se debe a que las enfermedades oportunistas ya no tienen oportunidad y a que el tratamiento también reduce el daño de otras vinculaciones con el VIH, como las enfermedades renales y cardiovasculares. “El beneficio individual es importante”, entiende, pero también es global. En este sentido, Arteta deja entrever que esto no solo supone un cambio significativo desde el punto de vista científico, sino también en una de las esferas principales del ser humano: la calidad de vida, y en vínculo con los otros. Sobre todo si consideramos que se trata de un virus atravesado por diversos tabúes sociales: género, sexo, prácticas sociales, clases sociales y un sinfín de etcéteras que, sin lugar a duda, determinan no solo a un individuo que se siente una bomba sexual, capaz de matar por placer (sin lugar alguno a deslices metafóricos), sino también a la sociedad. Sin embargo, la doctora considera que “el avance del conocimiento científico no está acompañado del conocimiento ni de los médicos, ni del personal de la salud y mucho menos de la población. Menos aún, de los prejuicios sociales”.

La doctora explica que los medicamentos se usan siempre acompañados, siempre de a dos o tres, ya que constituyen mecanismos de resistencia del virus que se inhiben mediante la combinación. Se trata de una medicación diaria que puede variar de entre una a siete pastillas; en promedio, tres o cuatro. Varios tratamientos son de una pastilla que contiene varios remedios. En Uruguay existen estos tipos, pero se siguen estudiando otros.

Respecto de los efectos secundarios, Arteta explica que los tratamientos antirretrovirales presentan efectos secundarios como cualquier otro medicamento: en lo inmediato pueden tener malestar, náuseas, dolores de cabeza, etc., y también a largo plazo pueden tener otro tipo de efectos no deseados, como colesterol alto, pérdida mayor de la masa ósea, etc. En este sentido, resalta que no difiere de lo que hacen todos los medicamentos en un porcentaje pequeño. Además, es importante aclarar, según la doctora, que hoy en día es necesario deconstruir algunos mitos en relación con el potencial de estos medicamentos, incluso agrega que no es como los tratamientos contra el cáncer, que matan células y mucosas, por ejemplo. En este sentido, considera que lo ideal que hay que hacer es generar un vínculo entre el paciente y el profesional de la salud, ya que probablemente sea un vínculo de mucho tiempo. Asimismo, sugiere otorgar la mayor cantidad de información posible al paciente y que este acuda a todos los controles médicos. Desde su perspectiva, es altamente recomendable hacer el tratamiento, ya que mejora la calidad y expectativa de vida, y disminuye la transmisibilidad.

Cómo se adquieren los medicamentos es una pregunta que muchos pueden estarse haciendo.

En Uruguay, se pueden obtener gratis por la Administración de los Servicios de Salud del Estado y por las mutualistas mediante el ticket común de medicamentos. Además, se pueden conseguir en farmacias, a un precio desde 150 a 20.000 pesos.

Pero no solo estos medicamentos los podemos comprar en las farmacias. La doctora comenta otro de los grandes avances de estos últimos años: una pastilla profiláctica. La llamada PrEP (del inglés, profilaxis preexposición) es una pastilla que ayuda a prevenir contraer VIH en las personas que no tienen el virus pero que corren riesgo de contraerlo. Según explica Arteta, consiste en una píldora que se ingiere de manera similar a la pastilla del día después para prevenir embarazos. De este modo, una persona que no es portadora de VIH que va a estar en una situación de riesgo de transmisión, por ejemplo, sabe que va a tener sexo con una persona VIH positiva, puede ingerir esta píldora para evitar el riesgo de transmisión. Además, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, si se toma PrEP todos los días, una persona puede reducir en más de 90% el riesgo de contraer el VIH a través de relaciones sexuales y en más de 70% a través del uso de drogas inyectables.

Atacar la duda

Para saber si uno es portador del VIH hay dos posibles pruebas. Una de ellas es el denominado test ELISA de cuarta generación, que consiste en la extracción de sangre y que busca anticuerpos circulantes contra el virus y también pedacitos del virus. Este test es “altamente sensible y específico”, dice Arteta, y aclara que puede haber un error en 1000. Por otro lado, existen los test rápidos, que en 20 minutos te dan el resultado, pero con un porcentaje más alto de error, uno en 200. Si el test da positivo, en ambos casos se saca una segunda muestra, ahora sí con un test que no presenta ningún tipo de probabilidad de error, llamado tester block.

Volver a lo básico

Si el test nos da negativo, vale la pena repasar las formas de transmisión para evitar eventuales situaciones de contagio. Si el test nos da positivo es porque tuvimos que haber contraído el virus… De hecho, cómo se contrae el VIH es otra de las preguntas que caen bajo la órbita del síndrome de la desinformación. Arteta explica que las formas frecuentes de ingreso del VIH a las células del ser humano son mediante las mucosas o mediante la sangre.

En Uruguay, 99% de las transmisiones se dan por transmisión sexual. En este caso, el virus ingresa por el contacto de un fluido con las mucosas genitales: vagina, recto y pene. “La piel sana es incapaz de hacer entrar el virus”, aclara, así, hay más probabilidad de contagio en caso de que existan lesiones en las mucosas de una persona no portadora que está en una situación de poder contraer el virus. La doctora explica que es muy poco frecuente el riesgo de transmisión mediante sexo oral; aumenta en casos de contacto de mucosa vaginal con fluidos y es altamente susceptible a la transmisión de la mucosa rectal en contacto con fluidos. Esto es, de menor a mayor riesgo: sexo oral, sexo vaginal, sexo anal. Respecto de la segunda vía de contagio, el virus puede entrar directamente por la sangre, por ejemplo, mediante las jeringas.

Es interesante destacar que distintas enfermedades infecciosas divergen en cuanto a los niveles de transmisibilidad. El VIH es menos transmisible que otros virus, la gripe y el sarampión, por ejemplo, o incluso menos que otras enfermedades de transmisión sexual, como la hepatitis B y la sífilis. Además, la especialista explica que la transmisión de VIH depende de muchas variables, entre ellas, el tipo de vínculo sexual, la frecuencia de relación sexual con una persona portadora y de la carga viral de la persona que contrajo el virus; hay más posibilidades de transmitir el virus si el portador tiene mucha carga viral y no sigue un tratamiento adecuado. Por el contrario, si el portador sigue el tratamiento y tiene una carga viral baja es menor la posibilidad de transmisión y no transmite si mantiene el tratamiento adecuadamente y sus niveles en sangre del virus son indetectables.

Para finalizar, Zaida Arteta comenta que a 35 años del primer diagnóstico de VIH en Uruguay el presupuesto para todo tipo de campañas de difusión, prevención y erradicación de estigmas sociales en relación con el VIH y el SIDA es prácticamente nulo. Desde su perspectiva, este asunto no parece ser una prioridad. Entiende, en este sentido, que la información da poder, y, por tanto, debe ser prioritario brindarla.    

Hablando de lo básico, nunca está de más recordar el uso del condón para prevenir la transmisión del VIH. Pero también como manera de prevenir que el VIH contraiga el virus del prejuicio, estigma y discriminación social. De lo contrario, vamos a tener que inventar el antirretroviral para atacar el síndrome de la desinformación.

Entrevista por Florencia Delgado

Texto: (H)ablando ciencia

25 septiembre 2018

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