Sin nosotras no hay seguridad

Año electoral. Plebiscito sobre seguridad: la historia se repite.

Se realiza una campaña de junta de firmas proponiendo una reforma constitucional que se presenta como solución a los problemas de seguridad.

Esta reforma tiene 4 propuestas:

  • Creación de una Guardia Nacional, que implica guardias militares apoyando a la policía.
  • Cumplimiento efectivo de penas, que propone que en el caso de determinados delitos deba cumplirse la condena sin posibilidad de libertad anticipada o libertad vigilada.
  • Cadena perpetua revisable, que implica que para delitos como violación, abuso sexual y homicidio a menores se establezca reclusión permanente revisable a los 30 años de privación de libertad.
  • Allanamientos nocturnos, que supone la posibilidad de realizar allanamientos en lugares donde se supone que están cometiendo delitos.

Ante esto es interesante preguntarse cómo va a mejorar la seguridad pública una propuesta únicamente punitiva y en este punto, preguntarnos qué es la seguridad.

Sobran artículos que ilustran el carácter cíclico de los discursos sobre la seguridad pública. Cíclico y repetitivo: ya es un clásico el debate que señala a algunos (los de siempre) protege a otros (los de siempre), responsabiliza al gobierno de turno y se pinta color nostalgia con la tan escuchada frase “todo tiempo pasado fue mejor”

En 2014 le dimos incansable lucha a este discurso y el No a la baja pasó a la historia como la contracampaña que movilizó masivamente al movimiento social, de diversas inscripciones, con muchísimas personas jóvenes con un objetivo común: evitar la baja de la edad de imputabilidad.

Hay trabajados y fundados argumentos que explican por qué la respuesta punitiva no es una receta viable a largo plazo y seguro este año se intensifique su puesta en escena. Evitar la reforma es urgente, tiene injerencia directa en nuestra vida cotidiana y no hace más que contribuir a la erosión de los lazos comunitarios, colocando el problema en la vereda de enfrente, delegando la responsabilidad al Estado e instalando la idea de que la sociedad que tenemos (y que queremos) nada tiene que ver con nuestras acciones. Y ahí sí, la famosa grieta tomaría dimensiones impensadas en la construcción de un ellos y un nosotros.

Este es un debate importantísimo para dar durante todo este año, sobretodo porque sabemos que propuestas como estas ponen en riesgo la democracia, incrementan la población carcelaria (que ya está sobrepoblada) y no va a resolver nada: va a incrementar la violencia, la desigualdad y la exclusión. No es el cometido de esta columna centrarnos en la reforma pero sí invitarles a informarse y a intercambiar con otres, y seguir a la Articulación Nacional que está generando información y espacios de discusión sobre esto: noalareforma.uy (web, Facebook, Twitter e Instagram)

Ahora bien, con la seguridad sobre la mesa la reflexión se centra en algunas interrogantes: ¿Seguridad para quién? ¿Seguridad qué es?

Una rápida pasada en google, arroja algunos conceptos génericos sobre la  Seguridad. Dato curioso: la primera entrada que aparece coloca bajo el concepto la frase: “nombre femenino” (Ya van a entender el punto).

“Ausencia de peligro o riesgo”; “Sensación de total confianza que se tiene en algo o en alguien”; “Firmeza o sujeción de una cosa material”; “Garantía o conjunto de ellas que se da a alguien sobre el cumplimiento de un acuerdo.”

Si pensamos en términos de un país, la seguridad pública refiere a la convivencia y protección de las personas que habitan en un territorio. Para ellos, el Estado contempla en sus funciones la seguridad y los gobiernos despliegan acciones a través de las instituciones competentes para ello.

Ahora bien. Parece obvio que la seguridad pública es un tema que nos involucra y preocupa a todes. La pregunta es ¿la seguridad es para las mujeres?

Entre 2014 y 2015 se pueden identificar hitos en el resurgir feminista en la región y el mundo. En Uruguay, se resuelve en el primer Encuentro de Feminismos la acción directa frente a cada feminicidio: las Alertas Feministas. En Argentina, aparece y se instala el movimiento Ni una Menos, también denunciando la política de matar mujeres, que es imposible negar.

Hay una cosa que es bastante clara: a las mujeres nos matan. Y detrás de esas muertes, no hay nada pasional: hay una estructura de poder y organización que nos coloca como carne de cañón.

El movimiento feminista ha denunciado sistemáticamente, desde hace mucho tiempo, las desigualdades que nos atraviesan y que atraviesan nuestra vivencia como mujeres. También se ha conceptualizado bastante sobre por qué, cuando hablamos de estas desigualdades, apuntamos a la estructura sexo- género pues hemos experimentado en nuestras vivencias y en los encuentros con las otras, cómo las violencias recaen sobre nosotras, en todas sus formas, por ser mujeres.

Entonces, si de seguridad hablamos, hablemos también de qué es la seguridad para las mujeres y salgamos de las lógicas del capital y la propiedad privada.

Hablemos de seguridad cuando nos enseñan a no andar solas de noche, o con poca ropa, o acompañadas. Hablemos de seguridad cuando el tránsito por el espacio público se mide en un “amiga, ya llegué” o acoso sistemático de forma cotidiana. Hablemos de seguridad cuando nos violentan en nuestras propias casas, cuando nuestros parientes o vecinos nos violan, cuando somos vendidas de niñas para la explotación sexual o cuando la burocracia policial y judicial pone en duda nuestra denuncia. Hablemos de seguridad cuando nos matan, a pesar de las denuncias, a pesar de los pedidos de ayuda. Hablemos de seguridad cuando nos desaparecen ante la mirada cómplice de muchos y tienen el tupé de afirmar que no van a encontrarnos nunca. Hablemos de impunidad.

¿Seguridad para quién?

Existen instrumentos legales para prevenir y abordar, en los marcos normativos, las violencias machistas.

En Uruguay tenemos una ley bastante nueva y potente, sin presupuesto. Tenemos un sistema que nos promete garantías que en la práctica se cumplen poco. Podemos enumerar casos donde abusos sexuales sistemáticos son tibiamente abordados, donde no se toman denuncias, donde no hay recursos para asistir a mujeres en situación de riesgo.

Entonces ¿qué seguridad?

Un eje clave para pensar los feminismos, es la capacidad de construir la historia y la lucha desde nuestras vivencias. Recordad que, el mundo ha sido mirado y escrito con ojos y manos de hombre, lo que genera que quedemos invisibilizadas en nuestras vivencias y experiencias.

En este sentido, es interesante plantear reflexiones en  torno a cómo las mujeres, en este escenario de ebullición feminista, se organizan para denunciar todas las violencias machistas, incluidas las de un Estado que no da garantías ni respuestas.

Salir a la calle es una acción política, que visibiliza y empodera, que pone sobre la mesa la construcción feminista de la realidad y de la injusticia. Es en esta construcción entre mujeres.

Volviendo al plebiscito, preguntemos otra vez dónde estamos las mujeres.

Esta reflexión que traigo hoy no aparece de la nada y se reafirma en las discusiones públicas sobre la campaña para reformar la constitución.

Todas propuestas orientadas a una mayor punitividad embanderada con el lema de la necesidad de proteger a una sociedad que se siente desprotegida.

La sociedad, ese concepto abstracto y amplio, lleno y vacío a la vez. Porque ¿quién es la sociedad?

Dentro de esa sociedad estamos las mujeres y niñas, estamos las pobres, las negras, las indígenas, las que terminaron la escuela y las que no. En la sociedad estamos nenes, nenas y todas las identidades disidentes. En esa sociedad están vulneradas y poderosos, está la desigualdad que se construye y reafirma sobre nuestras espaldas.

La sociedad somos todas, todos, todes. Y desde mi lugar de mujer, me pregunto dónde estamos las mujeres en el discurso y debate de seguridad.

Vivir sin miedo es que no me maten.

Vivir sin miedo es poder caminar tranquila de noche cuando voy sola.

Vivir sin miedo es dejar de esperar que mi amiga me avise que llegó.

Vivir sin miedo es tener la libertad de decidir sobre mi cuerpo y que no haya objetores de conciencia ni antiderechos que me lo impidan.

Vivir sin miedo es tener un trabajo digno, la posibilidad de acceder a una casa y que los derechos sean oportunidades concretas para su ejercicio.

Vivir sin miedo es poder confiar en las garantías del proceso judicial y en la capacidad de acción policial cuando denunciamos la violencia de parejas o ex parejas.

Este debate me parece fundamental y cuando hablamos de seguridad, no aparece. Al menos no me parece que sea así en la opinión pública.

El Estado es patriarcal, al igual que la justicia y las instituciones que integran el entramado estatal. Es sabido. Y porque sabemos que el problema es estructural y profundo, el feminismo es anticapitalista y antipatriarcal. Y mientras luchamos contra una historia que nos invisibiliza y nos oprime, es que me pregunto qué pasa con las mujeres en los discursos y políticas de seguridad.

Porque mientras hacemos la revolución, vivimos en esta estructura y a sus instituciones tenemos que exigirles todo. Garantías de que no me maten. Garantías para caminar tranquila. Garantía de que mi amiga llega. El palo en la rueda porque podrán estar ciegos ante nuestra exigencia, pero seguro escuchan nuestros ruidos, seguro sienten la vibración de nuestros pies en las calles.

Y ojo con creer que es por acá que la transformación es posible: el terreno de la cultura y de nuestras formas de relacionarnos también se disputa.

Pero es en este marco de seguridad en boga y propuestas mágicas que nos traigo a las mujeres. Le pregunto al elenco político si están pensando en nosotras en sus propuestas (miren que votamos, eh) y estoy poniendo la exigencia en que estamos mirando si lo están haciendo.

Seguridad sin nosotras, no es seguridad.

Texto: Fernanda Berrueta

Foto: Mediared

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