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¡No, Logo… no!

¡No, Logo… no!

Fue una tarde de diciembre de cuyo año no recuerdo su hora, pero parado yo, frente a la Victoria de Samotracia en el museo parisino del Louvre, me di cuenta de que aquella silueta femenina, de tapado volado, sin cabeza y alas restauradas, podía ser tan sensual, tan erotizante, y que su mármol cincelado se me aparecía mucho más terso que cualquier piel photoshopeada tapizando quioscos en 18 de Julio. Su abdomen, que no pecaba por exceso ni por defecto, dejaba ver un ombligo ardiente, vértice inferior de un triángulo isósceles logrado junto a los pezones sugeridos de un busto proporcional con el inexistente rostro. Aquella cultura, aquella Victoria, hoy se encarna por una mucho menos refinada, pero más eficaz. La diosa Niké que aquella tarde alzaba sus alas en la proa de un navío hoy anda dando vueltas por medio mundo, hecha la pipa mas famosa que hasta Jordan supo calzar y las balas de muchos policías supieron perseguir. Nike es la cultura hoy. Un endiosamiento endogámico, narcotizante y paradójico, que da estatus arriba y abajo de la tabla de posiciones en el escalafón social, mientras las manos de filipinos o vietnamitas, por un plato de arroz, quedan al margen de la discusión, si “logo no”, o si “no, logo no”.

Esa es la magia del logo, todo lo que logra, callando todo lo que calla. Pero para los tracios y los samios de la Antigua Grecia, para los primeros pobladores, y luego pensadores, de los más paradisíacos archipiélagos griegos, donde millones hoy van con sus nikes a selfishearse un rato y buscar agrados en las redes, no había pipas ni logos, en el sentido de logo-tipo (na), de balazo conceptual que busca “menos es más”. “Logos” es una palabra de origen griego muy significativa y polisémica. Es todo lo que nuestra cultura “pipense” más odia y defenestra, porque representa, entre otras cosas, un discurso racionalmente estructurado, que dé cuenta de la realidad. Para el logos griego, que no escatima en palabras ni pensamiento, menos no es más; menos es menos, y más, es más, y no hay manera de ahorrarse nada —todo lo contrario— de camino a la verdad. No alcanza con tener unos buenos Nike para emprender ese camino tortuoso hacia la luz de las ideas. Heráclito fue uno de los primeros que sistematizó el logos en su doctrina filosófica. “El oscuro”, como le llamaban debido a su forma aforística de escribir, no vivió lejos de Samotracia, aunque su ciudad, Éfeso, se encuentra en la parte continental de la antigua Jonia, lo que hoy sería Turquía. El logos, para él, significaba una razón cósmica que lograba darles orden a todas las cosas, mediante una tensión de contrarios, una guerra incesante entre todo lo que es y lo que no es. Nunca una parte logra imponerse totalmente sobre la otra, ese es el truco. Heráclito fue el primero en presentar el concepto que haría más de un eco en la filosofía hegeliana y marxista, la dialéctica.

Ya había estado lo suficiente. Ya me había enamorado de aquella silueta imperfectamente sublime. Era hora de marcharme, y seguir mi camino hacia otra figura femenina, mucho mas marketinera, tal vez igual de misteriosa, sin dudas, mucho menos sensual, y acosada incansablemente por orientales de pipa ancha y cámaras desechables, La Gioconda.

Texto: Diego Paseyro

Foto: Pixabay

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29 marzo 2019

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