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Historia de la ciencia (no ficción) II

Historia de la ciencia (no ficción) II

La columna anterior terminábamos haciéndonos una pregunta; hoy comenzaremos con una afirmación: “Si se considerase como algo más que un acervo de anécdotas o como algo más que mera cronología, la historia podría provocar una transformación decisiva en la imagen de la ciencia que ahora nos domina” (1).

Es Thomas Kuhn quien hace esta afirmación en la introducción de su libro La estructura de las revoluciones científicas. Este volumen marca un punto de inflexión tanto para la historia de la ciencia como para la epistemología; lo que Kuhn nos propone es otorgarle un lugar a la historia y, más aún, un lugar donde la historia de la ciencia se demuestre como verdaderamente útil y necesaria para la filosofía de la ciencia.

A partir de lo que supo denominarse como el giro historicista en la filosofía de la ciencia, de la mano de la irrupción de La estructura, se hace clara la intención de dejar de lado una forma de hacer historia de la ciencia convencional, es decir, acumulativa, lineal, continua e ininterrumpida, donde los contextos externos al descubrimiento científico eran accesorios y, finalmente, los historiadores eran vistos como simples recolectores de ejemplos. Lo que realmente importaba, por otra parte, era la reconstrucción racional interna de las concepciones científicas o, lo que es lo mismo, el denominado contexto de justificación, siguiendo la distinción canónica de Hans Reichenbach. 

El libro de Isaac Asimov, que mencionábamos en nuestra entrega anterior, publicado en 1964 (tan solo dos años después de La estructura de las revoluciones científicas) insiste en el viejo método de hacer una historia lineal, acumulativa y cronológica. Para producir una nueva historia de la ciencia, sin embargo, Kuhn sostiene que es necesario acabar con la separación entre historia interna (que sería la reconstrucción racional y lógica de la ciencia) e historia externa (es la que se dedica simplemente a los contextos sociales, económicos y políticos). Unir estas dos formas nos adentra en una historia de la ciencia que tenga relevancia para la ciencia misma, esto es, para las propias teorías científicas y los desarrollos de los distintos dominios disciplinares. En palabras del físico: “[…] el historiador debe preguntarse qué es lo que su sujeto pensaba haber descubierto y en qué se basó para hacer el descubrimiento. Y en este proceso de reconstrucción el historiador debe poner especial atención a los aparentes errores de su sujeto, no por el gusto de encontrarlos, sino porque ellos revelaran mucho más de la mentalidad activa de su personaje, que los pasajes en los cuales un científico parece registrar un resultado o un argumento que la ciencia moderna retiene todavía” (2).

Valga la extensión de la cita para preguntarnos lo siguiente: ¿por qué se dedican algunos hombres, en ciertos contextos sociales, a la investigación científica?, ¿bajo qué condiciones surge, se desarrollan, y se producen rupturas en la actividad científica?, ¿tiene la ciencia un curso independiente del resto de las actividades humanas? y, finalmente, ¿podemos, acaso, ver factores externos en la sociedad que contribuyeron al desarrollo de la ciencia?

La ciencia es un fenómeno social. Comprender las relaciones sociales de la ciencia constituye, en sí mismo, un problema científico perteneciente a la historia, la sociología, la antropología, solo por nombrar algunas ciencias sociales. Considerar el impacto del orden social sobre la ciencia, así como qué queremos saber acerca de la ciencia, también constituye un problema científico. La historia debe delimitar el abordaje de ciertos problemas científicos en su propio contexto, sin hacer referencia a la ciencia actual; para lograrlo, se deben manejar las fuentes primarias y los archivos de forma que estos nos ofrezcan soluciones prácticas y conceptuales, al igual que problemas, así como evidencia para la propia ciencia.

Las respuestas a las interrogantes anteriores pueden variar de muy distinto modo y, si bien no pretendemos en esta columna responderlos, sino tan solo ponerlos a disposición del lector para su consideración, el giro historicista que nos propone Kuhn ofrece algunas pistas para conducirnos hacia alternativas. Es en el quehacer interdisciplinario donde la historia de la ciencia muchas veces contradice a la lógica interna de la misma ciencia.

Texto: Agustín Aranco y Rodrigo García

Imagen: Dev Art Enthusiast

Referencias bibliográficas
(1) Kuhn, T. S. (2013). La estructura de las revoluciones científicas. Buenos Aires: F.C.E.
(2) Kuhn, T. S. (1993). La tensión esencial. Buenos Aires: F.C.E.

28 noviembre 2019

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