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Temporada de caza en Siria

Temporada de caza en Siria

Columna de opinión

Temporada de patos. Temporada de conejos” decían el pato Lucas y Bugs Bunny disfrazados para confundir y así evitar la cacería del viejo pelado, calvo, quisquilloso, llamado Elmer Gruñón. En esta situación, que nos mantenía en vilo por un rato, ambos personajes movían el rifle quitándose el peligro de encima, apuntándose el uno al otro. Frente a ellos el cazador, con pocas mañas intelectuales para hacerse de su presa, pero con la ventaja de portar el rifle aquel con dos cañones que disparaba perdigones poco efectivos; el que frente a la confusión de a quién cazar, siempre terminaba optando por pretenderlos a ambos.

Cada vez que llegan noticias de Siria, la situación se me hace similar. Veo a un pato y un conejo, disfrazados para confundir, apuntándose el uno al otro, corriendo de aquí para allá, en medio de un amplio bosque o tierra de nadie. Aquello que comenzó como un levantamiento pacífico contra el presidente Bashar al Asad, inspirado por la Primavera Árabe, se convirtió en una brutal y sangrienta guerra civil que ha arrastrado a las potencias “buitres” a sobrevolar la muerte. Tanto la evolución del conflicto como las partes que en él intervienen son sumamente complejas, y es difícil determinar quién es el pato y quién el conejo. Por un lado están los leales al régimen de Bashar al Asad, y por otro todos los demás que vienen siendo más o menos: los combatientes rebeldes moderados, como el Ejército Libre Sirio o los temibles grupos islamistas y yihadistas, autodenominados Estado Islámico, que han provocado el rechazo de todos por sus atrocidades, que a veces andan de amigos y otras veces no con el Frente al Nusra o Tahrir al Sham —afiliados al club de Al Qaeda—. Si la receta no viene bien, resta agregarle grupos kurdos instalados en el norte de Siria, bancados por Estados Unidos, que vienen siendo los peones que hacen el trabajo sucio y establecen el control en esa parte del país.

Vaya a saber a qué mente enferma —de todas las antes mencionadas— se le ocurrió disparar armas químicas sobre la población civil que permanecía allí (la que no pudo o no quiso escapar), para que le diera la excusa perfecta a Elmer Gruñón de disparar su escopeta contra patos y conejos, una y otra vez. El viejo calvo inepto pero con rifle apareció nuevamente, pero con un peluquín rubio atravesado, para que todos disimularan sorpresa en la ONU.

Al igual que en los dibujos animados la historia se repite una y otra vez: el mismo argumento, distinto escenario. Hubo un Clinton en Afganistán, corriendo Talibanes; también un asesino borracho llamado Bush buscando armas de destrucción masiva en Irak; luego uno de los mejores productos del marketing bélico llamado Obama, que continuó las campañas de sus predecesores pero con un Nobel de la Paz. Y ahora un Trump que no va a ser menos, más bien más. Que necesita plantarse fuerte frente a la esquizofrénica Rusia que está ahí firme repartiendo armas a unos y a otros, que se divierte viendo cómo se pelean entre todos; pero sin dejar que se aniquilen, porque alguien debe portar y disparar las armas que ella misma vende, o se le acaba el negocio.

Lejos de ser entretenido como lo eran los dibujos, en este país —que rebosaba la cifra de 22 millones de habitantes— hoy por hoy han muerto entre 320.000 y 450.000 personas. Otros 5 millones de sirios han buscado refugio en otros países. Entre 6 y 8 millones se han desplazado a otras zonas de Siria. El 85% de la población se encuentra en situación de pobreza, mientras que el 70% está en extrema pobreza, lo que significa que son incapaces de cubrir sus necesidades alimentarias básicas. La tasa de escolarización ronda el 45%. Y las posibilidades de levantar esta situación, lejos de esperanzar, parecen desilusionar.

Todos los datos han sido obtenidos de distintas fuentes ¿qué tan reales son?, quizás los personajes iniciales que traje de referencia sean más reales. De todos modos, nos ayudan a visualizar la magnitud de un conflicto que al igual que la serie animada, nos mantiene a la comunidad internacional —que no somos potencia de nada— como meros espectadores funcionales al negocio de aquellas potencias de todo.

Diego Cortés

Fuentes consultadas:

www.unicef.es

http://internacional.elpais.com/

11 abril 2017

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