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Politizar lo plancha

Politizar lo plancha

Seguramente no lo suficiente, pero es innegable que desde las ciencias sociales y ciertos estudios culturales uruguayos, ya se ha dicho bastante sobre “lo plancha”, sea como cultura o subcultura popular, tribu urbana juvenil, o identidad disidente, y por lo tanto, portadora de un estigma social. Todos estos posibles abordajes comparten -aunque no siempre lo explicitan- un criterio social de definición según el cual los y las planchas son, en su mayoría, jóvenes pertenecientes a sectores socio-económico-culturales bajos. Lógicamente estos intentos por describir la identidad plancha comenzaron por su componente estético, pero bastó acercar un poco más el ojo para comprobar que tras los gorros fluorescentes, championes Nike y camperas de nylon, había una ética con sus respectivos códigos morales de conducta, un lenguaje coloquial propio y muy arraigado, construido como forma de diferenciación y rechazo al lenguaje ilustrado dominante, y sobre todo, unas trayectorias de vida más o menos similares, marcadas, en general, por diferentes grados de vulnerabilidad y exclusión social. (En general no soporto el abanico de contorsiones lingüísticas que solemos usar los cientistas sociales para no decir, directamente, “pobres”, pero justo en este caso cabe cierta relativización porque la relación no es lineal: ni todos los planchas son estrictamente pobres, ni todos los pobres adoptan la identidad plancha, aunque hay sobradas razones para aceptar que, tanto en lo empírico como en lo simbólico, cultura plancha y pobreza tienen mucho que ver).

También hay un acuerdo extendido acerca de las fechas aproximadas de su surgimiento, o al menos de su visible irrupción en el imaginario colectivo nacional, que generó, por fin, que comenzara a resquebrajarse nuestra mítica autopercepción de tejido social integrado, democrático y tolerante. Ya está bastante claro que muchos de los planchas de hoy nacieron y crecieron en barrios populares y periféricos, extendidos durante el empuje liberal de los 90, y caídos casi por enteros en la pobreza con el cimbronazo de la crisis de 2002. La cultura plancha comenzó a deambular por las calles céntricas de las ciudades entre fines de los 90 y (fundamentalmente) principios de los 2000, y desde ese momento se convirtió en la imagen estereotípica de esa nueva pobreza uruguaya, mayoritariamente joven, y asociada -cuándo no- a la violencia, la marginalidad, el delito y la droga.

Pero a pesar de que lo plancha es, a todas luces, un asunto político atravesado por relaciones de poder que se expresan en desigualdad de clases, exclusión social, violencia visible y simbólica, segregación territorial, entre otras, las ciencias sociales -en especial la sociología- han preferido estudiarlo en tanto tribu urbana o grupo cultural con ciertas características estéticas, lingüísticas, de consumo y de relacionamiento. El artículo “La cuestión plancha” de Gabriel Delacoste, parte del libro ¿Más allá de la tolerancia? Ciudadanía y diversidad en el Uruguay contemporáneo, es una necesaria excepción a la tendencia general, en la que el autor desarrolla más extensamente este y otros puntos fundamentales para reinscribir la cuestión plancha como problema político y de clase, y por lo tanto, ideológico.

La percepción que “la sociedad” tiene acerca de “lo plancha” responde a una ideología dominante que los considera peligrosos para el orden y la armonía social, enemigos que despiertan odio y miedo, y hasta manchas desagradables a la vista, cuando la repulsión clasista muestra su cara más obscena. Los planchas son, tal vez junto a las personas trans, la población más consistentemente estigmatizada y discriminada del Uruguay. No solo son desfavorecidos a nivel estructural por el lugar que les ha tocado en suerte en la jerarquía social, y blanco preferido del aparato represivo del Estado al representar una amenaza al orden establecido, sino que además su condición de abyectos es reforzada cotidianamente “en la chiquita”: derecho de admisión, portación de rostro, abusos y humillaciones policiales, construcción del personaje-plancha como estereotipo de delincuente en el noticiero, utilización del término “plancha” como insulto burlón referido a algo ordinario entre jóvenes de liceos privados. Lo plancha es considerado la mugre de una sociedad que no se siente responsable de su generación pero que exige su limpieza; es visto como otra cultura, degradada, que no forma parte de la nuestra y cuya formación no tiene nada que ver con nosotros -cuando de hecho sí tiene que ver, y mucho-, un agente patógeno externo, ajeno al cuerpo social saludable, que ha venido a enfermarlo y contra el que hay que defenderse. Si se consideran las múltiples formas de violencia estructural y cotidiana ejercidas sobre ellos, nadie debería sorprenderse cuando los planchas ejercen violencia sobre la propiedad y la persona, que son representaciones de una sociedad que de arranque los vulnera, después los rechaza, y al final los persigue.

El desarrollo de lo anterior pretende servir como justificación de lo siguiente, o al menos como atenuante de lo que pueda tener de delirante. “Lo plancha”, en Uruguay, reúne muchas de las condiciones necesarias -derivadas de la situación de marginación descripta- para constituir un verdadero agente de cambio, algo que implicaría cuestionar y rebelarse colectivamente contra su posición social subalterna y, en ese mismo acto, alterar las relaciones de poder que estructuran la forma en que está organizada la sociedad. Ya sé que dicho así suena a arenga de revolución ñieri fruto de un marxismo anacrónico, pero ¿acaso no es eso lo que estaban haciendo las casi trescientas mil mujeres que marcharon por 18 de julio el 8 de marzo? ¿Qué es la lucha feminista sino el cuestionamiento del lugar subalterno de la mujer en la sociedad y el intento por modificar las relaciones desiguales de poder? Hay que promover espacios o movimientos donde se hable de lo plancha, donde hable lo plancha, y donde se pueda intercambiar acerca de su potencial de acción política, sea para reafirmarlo o para relativizarlo. Pero para esto primero hay que entender que tanto lo plancha como la relación que la sociedad tiene con lo plancha, es un tema político-ideológico y no un conjunto de meras diferencias culturales o de identidad.

En definitiva, se trata de hacer lo posible para que lo plancha se reconozca a sí mismo como un sujeto político, con un lugar y una voz en el espacio público, capaz de movilizarse para hacer cosas desde ahí o desde otros ámbitos, pero sintiéndose con el derecho a defenderse y a construir colectivamente. Eso sí; posiblemente esta idea siembre más dudas que certezas, sobre todo respecto a las condiciones y posibilidades de su realización. ¿Cómo entusiasmar o captar el interés por participar en proyectos sociales o políticos, en jóvenes que apenas son considerados parte de lo social y menos de lo político? Y entonces, ¿es el espacio público tradicional el lugar indicado para llevar a cabo este tipo de proyectos y disputas? Además, ¿cómo sobrellevar la tensión inevitable entre el riesgo de terminar adoctrinando a lo plancha, hablando siempre en su nombre, y asumir la responsabilidad de representar a quienes nos parecen más jodidos? Son preguntas difíciles de responder, y que seguramente admitan más de una respuesta, pero tal vez sea momento de hacerlas. Porque o nos animamos a politizar, a movilizar lo plancha, o seguiremos viendo llover sobre mojado.

 Texto: Ignacio De Boni

Foto: Alessandro Maradei

29 Marzo 2017 ,

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