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Episodio 3: Los asesinatos de Venancio Flores y Bernardo Prudencio Berro

Episodio 3: Los asesinatos de Venancio Flores y Bernardo Prudencio Berro

Humor

Antes que nada, es menester aclarar que hemos vuelto del autoexilio que ha tenido esta columna en un viaje en barcaza desde Europa, no nos han agarrado las autoridades internacionales y nos han deportado, asesinado o dejado con hambre y frío, varados en una playa en la isla de Malta.

Regresamos de Europa, al igual que Pedro Bordaberry después de que afirmó que se retiraba de la política. Y en esta instancia, hablaremos de un miembro fundamental de su partido: el general Venancio Flores, el que le dio nombre a la avenida que contiene elementos que van desde el Palacio Legislativo, la Plaza del Ejército (o falo castrense) y el Hipódromo Nacional de Maroñas (#Timbeódromo).

Venancio Flores era terrible ficha del partido color punzó. Asumió como “gobernador interino” de nuestro país en 1865. Pero antes, en 1861, había participado en la matanza de Cañada de Gómez (provincia de Santa Fe), donde, al mando del ejército de Bartolomé Mitre, había degollado a cerca de 300 soldados del bando de los federales.

Posteriormente, en 1864, mandó fusilar a los defensores de la ciudad de Florida, que él mismo había invadido. Y finalmente, la frutillita de la torta, manda fusilar a Leandro Gómez en la “Defensa de Paysandú”, ciudad a la que sitió, en complicidad con las tropas brasileñas y las unitarias de Bartolomé Mitre.

El 20 de febrero de 1865 se autoproclamó gobernador y al mes se sumó a Argentina y Brasil en la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Por lo que se evidencia, gustaba mucho del conflicto armado nuestro impoluto gobernador provisorio por ese entonces. Dadas estas características y algunas más (decían que le gustaban la noche y algunos excesos), Venancio no era muy querido en algunos ámbitos. Y como que me lo tenían “entre ceja y ceja” algunos. Como en el hecho que sucedió el 30 de junio de 1867, cuando la policía descubrió un túnel que partía de una casa vecina al fuerte (donde “trabajaba” Venancio Flores) y que terminaba justo debajo del despacho del caudillo; tamaña sorpresa cuando hallaron allí un par de barriles de pólvora que, si hubieran sido detonados, habrían terminado con la vida del general. Los autores del túnel eran dos ingenieros austríacos, de apellido Neumayer, de los cuales no tenemos más datos que se defendieron argumentando que habían sido contratados por otro caudillo colorado, Eduardo Bertrand, que era hombre de confianza del famoso Goyo Jeta (general Gregorio Suárez), fuertemente enemistado con Venancio Flores. Aquí se puede observar que la interna colorada estaba más candente que la actual compuesta por los contrapuntos de Pedro y Amado. Los presuntos implicados en el atentado fueron detenidos, pero absueltos por falta de pruebas. La única acción que tomó Flores fue contra el Goyo Jeta y fue simplemente no dejarlo salir de Montevideo (la sacó re-ga-la-da).

Mientras tanto, el país seguía a los tumbos y en noviembre de ese año se celebraron elecciones y se restableció el Parlamento. Los blancos no se habían presentado por “falta de garantías” (entonces los colorados se le quedaron hasta con el municipio CH) y, en febrero del año siguiente, Venancio Flores finalizó su dictadura y le entregó el poder a Pedro Varela, precisamente el 15 de febrero de 1868.

(Tres días después, Flores y Bernardo Berro estarían bien finados y ajusticiados, dejando un ambiente muy propenso para el diálogo y el entendimiento en esa época de nuestro país.)

¿Quién era Bernardo Berro? Había sido presidente de la República entre 1860 y 1864. Durante su gestión, se dieron hechos como el avance del campo en materia de explotación lanar, el repoblamiento de la campaña y el avance en materia de vialidad. Había tenido algunos enfrentamientos con la Iglesia Católica, a pesar de ser creyente. Todo nace en un conflicto con un difunto de por medio. En abril de 1861 se nos muere Enrique Jacobson, médico prestigioso de la localidad de San José, católico y masón. Por esa última condición, le es negado al fiambre masónico ser enterrado en un camposanto por decisión del párroco local, ya que Jacobson, en vida, se había negado a renegar de su condición de masón. Eso no agradó a Berro, que era muy amigo del fallecido, y el cuerpo es llevado hacia Montevideo. Pero en la capital, el mismísimo representante de Dios, monseñor Jacinto Vera, también se pone terco y prohíbe la entrada del cuerpo a la catedral o que se le diera sepultura eclesiástica, ya que la iglesia era la que administraba los cementerios en esos tiempos. Dados esos hechos, es totalmente comprobable saber en qué barrio de Montevideo no viven masones.

Finalmente, los familiares del finado hicieron algunas gestiones que permitieron el entierro del médico de la ciudad de San José. Pero eso desató la furia de Jacinto Vera, que, furioso, ordenó el desenterramiento del cuerpo, ya que lo consideraba un acto netamente “violatorio” a la imagen y espiritualidad del camposanto católico. El cuerpo siguió enterrado, ya que, el 18 de abril de ese año, el presidente Berro decretó que los cementerios, a partir de esa fecha, pasaban a ser administrados por el Estado, y chau, Pinela.

Estos dos naipes tan representativos de nuestras divisas tradicionales, Berro y Flores/Flores y Berro, la quedarían el mismo día de febrero, en un hecho que, sin ninguna duda, fue relatado en el siguiente febrero en infinidad de tablados y casas de alterne de señoritas.

Dicen los que estuvieron por ahí, en ese 19 de febrero de 1868, que hacía un calor de la gran puta y encima había paro de ómnibus. Para colmo de desventuras, Montevideo estaba siendo atacada por la fiebre amarilla y las familias pudientes estaban huyendo de la capital, igual que el célebre Goyo Jeta, que estaba agarrando las valijas y marchando para Buenos Aires. Se palpaba en el aire que los blancos iban a querer tomar el poder, pero también se olfateaba que los colorados podían dársela a Venancio Flores.

El que inicia el alboroto es Berro. Toma el fuerte principal de la ciudad y hace huir al propio presidente Pedro Varela. Berro se apuesta allí para esperar refuerzos, pero tamaña su sorpresa cuando se percata de que no eran aliados sino enemigos los que se estaban acercando al fuerte. Entonces decide salir caminando, con un revólver y una pequeña lanza rumbo al puerto, con miras de refugiarse en un barco extranjero. Pero le falló el contacto allí y agarra pa la Ciudad Vieja. Golpea en una casa en la calle Juan Carlos Gómez y no le abren, ya que lo confunden con un testigo de Jehová. Sigue viaje y se topa con Carrillo, un fabricante de cigarrillos afín al Partido Colorado, ahí espera lo peor (independientemente de que Carrillo y cigarrillo, riman), ya que el fabricante de puchos se cruza con un milico y le avisa que Berro acaba de cruzar la esquina. Ese oficial de la ley era el comandante Manuel Lasota, que persigue al caudillo blanco y lo detiene. Eran las cinco de la tarde de ese 19 de febrero de 1868 y seguía el paro de ómnibus en todo Montevideo.

Mientras tanto, Venancio Flores agarró un carruaje y salió puesto y jugado hacia el Cabildo. Iban junto a él su secretario personal y dos empresarios que casualmente iban junto al caudillo. De esto se desglosa que el paro de transporte seguía y que los empresarios se deben haber ido a quejar con el líder colorado por algún temita relacionado a los Consejos de Salarios.

El vehículo entró por la calle Florida y en la intersección con Rincón se encontró con la manifestación en contra del manual de educación sexual de Primaria y con una carreta volcada. Pero ese accidente era una emboscada, ya que un grupo de enmascarados apareció y empezó a disparar contra el carruaje del representante colorado. Los empresarios pudieron salir y escabullirse, para beneplácito de la Cámara de Industrias y la gente de ADM, pero Venancio Flores no. Acribillado a balazos salió del vehículo y se arrodilló en el pavimento. Fue ultimado a cuchilladas, por las dudas, y por suerte le fue dada la extremaunción, ya que un cura pasaba por el lugar de casualidad. Como también fortuitamente estaba Juan Manuel Blanes en un boliche en esa esquina, y. mirando el incidente, dejó unas monedas en la mesa y salió raudo y veloz para su casa con el pensamiento: “¡¡¡Ahí tengo un cuadro, ahí tengo un cuadro!!!”.

¡¡¡MATARON A VENANCIO FLORES!!!

Ese fue el grito que invadió la ciudad y se replicó como reguero de pólvora en las redes sociales. A continuación transcribimos algunas declaraciones en Twitter sobre el hecho:

  • @JoseAmorínBatlle: “A la avenida que termina en el Palacio Legislativo habría que ponerle Venancio Flores, al igual que Jorge Batlle, al Aeropuerto de Carrasco”.
  • @JorgeZabalza: “A ese lo buchoneó Amodio”.
  • @AparicioSaravia: “Acá, en El Cordobés, brindando por tantos lindos hechos que están sucediendo”.
  • @AlbertoKesman: “Si se brinda, que sea con un té con hielo”.

La cuestión es que, mientras llevaban a Berro detenido rumbo al Cabildo, le asestan una estocada en la entrada al edificio, pero la herida es superficial. Conducido el representante blanco ante el presidente Pedro Varela, en un clima muy cordial, el magistrado le increpa por lo que ha hecho, ante lo cual Berro se defiende, ya que no tiene ni idea de lo que lo están acusando. Entonces, el presidente Pedro Varela levanta una bandera que cubría un bulto, al mejor estilo de la escena en la funeraria de El Padrino (Francis Ford Coppola, año setenta y algo) y Berro observa el cadáver de Venancio Flores y admite no tener “pero nadita que ver” con el hecho. Es llevado hacia un calabozo donde fue destinatario de infinitas torturas y vejaciones, para ser finalmente rematado con un tiro en la cabeza.

A la tardecita de ese día de febrero, dos cadáveres fueron sacados del Cabildo. Eran los de Berro y su amigo Avelino Barbot, que fue detenido y llevado al Cabildo por sospechas de su filiación blanca y también asesinado. Los cuerpos eran llevados en un carruaje manejado por Pedro García, que iba en un notorio estado de ebriedad (para beneplácito del intendente de Cerro Largo, Sergio Botana) e iba profiriendo insultos a los cadáveres que transportaba. El vehículo llegó a la puerta del Cementerio Central y el conductor tiró los fiambres en la puerta, exigiendo al encargado del camposanto que los enterrara en una gran fosa común que habían destinado para las víctimas de la fiebre amarilla. Eloy García, que era ese funcionario, también era amigo de la familia Berro, pero no tuvo otra opción que cumplir con lo ordenado, ya que el conductor del carruaje bajó con un facón y un trabuco en la cintura a comunicarle la ordenanza.

Esos no fueron los únicos muertos en esa jornada tan pacífica, ya que al achacarse la responsabilidad del asesinato de Flores a los blancos, hubo cerca de 500 fusilamientos oficiales y la cifra de muertos llegó a 1000. El caos y el miedo tomó la ciudad, presa del calor y de la epidemia de fiebre amarilla, con el dato de que el agua no se podía tocar por la peste y por el rumor de que los blancos la habían envenenado (cualquier coincidencia con el vertido de pesticidas en el río Santa Lucía es mera coincidencia).

El cadáver de Venancio Flores fue embalsamado y enterrado en la iglesia Matriz montevideana. Los rumores de su asesinato apuntaban al Goyo Jeta por parte de la viuda del caudillo colorado. Otras fuentes citan las declaraciones de un individuo llamado Zuleta, en exclusiva para Radio Ariel, desde un prostíbulo de la calle Yerbal. El hombre, en evidente estado de ebriedad (otro punto para Sergio Botana, intendente de Cerro Largo) admitió, entre los sopores del Mac Pay, haber matado a Venancio Flores y le mandó un abrazo a Daniel García Pintos a la pasada.

Hay un rumor de que solo la cabeza de Flores fue enterrada en la iglesia Matriz. Otros admiten que Berro no está enterrado en el Cementerio Central. En los barrios de Montevideo, las lavanderas solían cantar, mientras frotaban la ropa, la siguiente estrofa, popularizada por el tatarabuelo de Gerardo Nieto:

“… Dicen que fueron los blancos/ los que mataron a Flores/ confiésenlo, sean francos/ fueron los conservadores…”

La fiebre amarilla siguió con su cosecha en ese febrero mortal y caluroso. Blanes festejó con amigos en un bar céntrico la venta de su cuadro a un marchand extranjero. El país enterró a sus muertos y esperó por los próximos. Todo es historia, mezcla de leyenda, chamuyo y diarios polvorientos en la Biblioteca Nacional. Y seguirán los veranos de calor y alboroto, con el pobrerío, rodeando los tablados.

Atentamente, y con la certeza de que volvimos para salir campeones.

Texto: El Recopilador

25 agosto 2017

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