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“Las calzas”, por Donatella Dolce y Salatta

“Las calzas”, por Donatella Dolce y Salatta

Columna de Donatella Dolce y Salatta

Sé que voy a meterme en pantalón de once varas al sostener lo siguiente: mujeres, hay que abandonar la calza. Pero no lo digo y punto, de esos a los que se le salen, tarde o temprano, a las costuras de esta prenda, acá van mis fundamentos.

Primero, es engañosa. A la calza no hay que aclararle nada, que se quepa en ella no es sinónimo de que quede bien. Como no es implacable como un jean que no te sube o como un pantalón que no cierra, parece una amiga stretch. No le crean, si la calza aprieta en la cintura, es porque queda chica. Aléjense de la lisonjera cuanto antes.

Es doblemente adherente. Por un lado, parece un film plástico, de esos que usamos para envolver alimentos, se pega a su contenido y toma la forma de su contorno sin sujetar nada. Así que salvo que tengan 15 años, o que los aparenten, todo, sí todo, queda expuesto como los alimentos que envolvemos para freezar o como el salchichón de chocolate. Por otro lado, la calza es un poderoso imán que atrae cuanta pelusa, hojita, pastito o pelo de mascota hogareña haya a diez metros a la redonda. Todo se adhiere a ella, al rato de llevarla puesta parece un pantalón con apliques, en el mejor de los casos, o un collage infantil, en el peor. Mala adherencia por dos.

La calza, también, además de ser doblemente adherente y de ser engañosa, envejece mal y muy rápido.
En vez de llevar el paso del tiempo con dignidad, al tercer uso la calza ya perdió su forma y está vencida. Tiene ese antiestético estirado, como si hubiera un globo que se inflara en la zona de los glúteos, como una pañal que ahora no tenés más.

Cuando se pone por quinta vez, parece sufrir de vejez prematura, y hay zonas, por lo general, las rodillas, donde inexplicablemente la tela está más fina y hasta deja ver por transparencia la piel que está debajo.

Segundo doble error: es malinterpretada. La calza es a las estudiantes universitarias uruguayas lo que la corbata a los estudiantes universitarios ingleses: indica la institución a la que uno asiste. A continuación van tres ejemplos. Calza negra, estudiante de Arquitectura; calza verde, violeta o amarilla, estudiante de Humanidades o de Ciencias Sociales; calza a rayas, estudiante del IPA o perteneciente a una murga joven.

Si el objetivo al usar calza no es ser cortejada por murgueros, ser invitada a una pomada, pasar desapercibida en la feria de los domingos del Parque Rodó, abstenerse. Porque uno puede estar mandando una señal equivocada. Es como andar con una bandera, como andar con un símbolo de algo que no sabe lo que es, como el que se hace un tatuaje con una letra china y no sabe qué quiere decir. Son un peligro.

Queridas amigas, las calzas no son sexis —y no le consulten a los hombres, a ellos todo les resulta sexi— ni favorecedoras para nuestra anatomía. En nombre del buen gusto, salvemos solo las de entrenamiento deportivo para ir al gimnasio o para ir a correr —las que tiene fines utilitarios— y desterremos las demás en forma definitiva de nuestro guardarropas.

Donatella Dolce y Salatta era el seudónimo bajo el que Valeria Tanco escribía las columnas de “El ojo de la aguja” en la revista Seisgrados, ¡te invitamos a escuchar la entrevista completa acá!

 

 

 

28 octubre 2016 Contame todo

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