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Columna de opinión

Ayer nos unimos en los medios, en las redes sociales, en las calles. Cambiamos nuestras fotos de perfil, nos vestimos de negro, leímos las distintas opiniones de las personas que seguimos y respetamos, estuvimos o vimos las marchas, nos horrorizamos frente a las noticias.

Violaron y mataron a otra mujer. Y ya nos harta y salimos a demostrarlo.

Descubrimos que la difícil tarea de sacarnos de encima cientos de años de opresión, grabados en la piel y en los genes, está en el individuo, en lo personal, en la diaria.

Ayer miré cómo colegas se sacaban fotos con el hashtag asignado, en solidaridad con esta lucha. Me dio a la vez orgullo y desdén verlo. ¿Es contradictorio? Pues sí. Nos queda un largo trecho. Sin ir más lejos, estas mujeres que se solidarizaron son las mismas que siguen a Tinelli en “el bailando” y el escándalo de la vedette de turno, cuya intimidad y valor como ser humano es objetivizado y transformado en un circo sin fin. Si bien ni siquiera puedo llamar a este hecho un acto de hipocresía, sí puedo calificarlo de ingenuo.

La mujer es la primera en objetivizarse, es la primera en dejarse de lado, y es la que tiene el poder de revertir la sociedad. Pero el camino es largo, y exige deshacerse de todo ese veneno cultural que los siglos nos impusieron.

La protesta no debería quedar en el día “x” que cambiamos nuestras fotos de perfil. La protesta debe ser continua, debe ser clara, debe dejar de ser contradictoria. Revelarse contra estos preconceptos exige un esfuerzo diario y constante, que preferimos evitar por comodidad, y porque es más fácil abrir los ojos una vez al año, y cerrarlos después, que dejarlos abiertos y ver como los horrores cotidianos nos laceran el alma.

El día que llamaste a otra mujer “zorra”, o “gata”, o “putón”, el día que juzgaste su ropa, su maquillaje, su forma de relacionarse, el día que pensaste que era una histérica, o que “está loquita porque está en esos días”, cada vez que ponés ese tipo de programas de entretenimiento que insultan tu propia inteligencia, cada vez que le sacás la escoba de las manos a un varón porque “él no sabe barrer” o “no debería estar haciéndolo”, cada telenovela que admitís ver a pesar de ser explícitamente violenta, cada día que te gana la cultura aprendida, te volvés cómplice y generadora de este mal.

Como dijo Hernan Casciari (más elocuentemente que yo) en su texto Yo Me Hago Cargo: “Estoy en la posición de asumir la responsabilidad que me toca, porque las consecuencias de no hacerlo son durísimas, y me niego, o mejor dicho elijo negarme a que esto me pase, o que le pase a nadie que me rodee”.

Porque somos individuos pero formamos parte de un todo, y lo que hacemos en nuestros actos cotidianos, repercute siempre en mayor o menor medida sobre el que está en contacto con nosotros, y por extensión, en la sociedad en la que vivimos.

Ser responsables en sociedad es difícil, porque nos enseñaron a ser individualistas. No digo con esto que valorar nuestras diferencias y educarnos para aceptarlas y tolerarlas esté mal, sino que en el camino de este proceso, perdimos de vista que nuestro eslabón está sujeto a otros. Nuestra individualidad debería ser un eslabón fuerte que sujeta a otros, y los ayuda a fortalecerse y en ese sentido muchas veces estamos yendo hacia el camino de soltarnos y ser eslabones aislados y “hacer la nuestra” sin considerar los que han quedado desconectados en ese acto, a quién relegamos, y más aterrador aún, a quién estamos discriminando, juzgando y sentenciando para nuestra comodidad inmediata.

Yo me hago cargo también de eso. Es más fácil desligarse que conectar y ser empático, es más saludable para nuestras conciencias decir “yo no fui”, “yo ni siquiera estaba cerca” y mirar para otro lado. Lo hacemos siempre que vemos a alguien durmiendo en la calle, cada vez que vemos a un padre sacudir el brazo de un niño porque “se portó mal”, o incluso cada vez que decidimos no poner un límite al niño porque “pobrecito”, o porque “si le digo que no me va a hacer un berrinche”, porque no conocemos la diferencia entre poner límites y escarmentar. Cada vez que tiramos basura en la calle porque “es solo un papelito”, cada vez que miramos para afuera del bondi con tal de no ceder el asiento, y si, lamentablemente, cada vez que nos enroscamos en conversaciones de whatsapp y de facebook cuando tenemos a un ser humano en frente, dispuesto a conectar.

La comodidad de la ignorancia y la pereza nos invade. Convivir es una tarea diaria que nos demanda atención, empatía, solidaridad, y dejar de mirarnos el ombligo para mirar a la persona de al lado y así descubrirlo, o descubrir que te puede sorprender, o que quizás está sufriendo hace mucho, en silencio. Implica escuchar, no sólo oir, implica estar dispuesto a ceder parte de esa tan preciada individualidad en la que nos escudamos todos los días, y conectar el eslabón.

 

Sobre el primer mes del 2017: Los otros

Hacer el recuento de lo que va del año es doloroso. Muchas víctimas, directas o indirectas se van sumando a las estadísticas. Lo primero que uno tiende a pensar es, así como pasa como todas esas grandes estadísticas que leemos, que son horrores, que por suerte les pasan a otros.

Nos hablan del papanicolau y la mamografía para prevenir el cáncer, nos hablan de accidentes de tránsito y de conducir en estado alcohólico, de hablar por celular cuando se maneja, nos hablan de la guerra, y por supuesto nos hablan de violencia doméstica, y uno ve pasar los números y las historias pensando: qué terrible para “los otros”.

Y no nos cae la ficha hasta que un día descubrimos que ya somos parte de ese grupo de “otros”. El día que nos toca, tenemos que volver a elegir, sí, otra vez, elegir, qué haremos al respecto. Como cuando vemos la injusticia y decidimos actuar o callar. De forma similar tenemos que definir en cuanto nos reconocemos dentro de algún grupo de “otros”, cuál será nuestra actitud, qué haremos al respecto.

Algunas veces le toca a la justicia decidir por el ciudadano. Se supone que está aquí para velar por el bienestar de “los otros”. Pero aquí hay algo distinto. Uno abrió los ojos y se encontró siendo parte. Y olviden por un momento que están leyendo en calidad de “otros”, olviden el prejucio natural, la incongruencia cotidiana de nuestros pensamientos y nuestros actos. Al abrir los ojos, ya nada es igual, no importa que pase después, nunca miraremos a nuestro alrededor de la misma manera.

Existe ese punto de inflección en donde vivir una situación límite nos interpela personalmente y todas, absolutamente todas las cosas que estamos acostumbrados a vivir, las personas con las que nos cruzamos, las vidas que interceptamos por períodos breves o largos, se ven desde otro punto de vista. Difícilmente uno vuelva a tener la visión anterior, la visión naïve y todopoderosa.

“Los otros” no existen. Por ejemplo, no hay nada que te prevenga realmente de vivir violencia. No es tu grado educativo, ni tu poder adquisitivo, ni que te creas muy listo, ni que tengas carácter o no, ni que vivas en el barrio Cuarenta semanas o en Carrasco. De hecho, probablemente convivas con actos más o menos explícitos de violencia todos los días, en carne propia, y ni siquiera puedas verlos.

Abrir los ojos y verse en los otros, es verse reflejado y abandonar la soberbia de convencernos de que no nos tocará nunca. El lema reza “si tocan a una, nos tocan a todas”, y es verdad. Y no hay que ser activista o feminista declarado para que así sea. Basta con ser humano.

Si sos parte de ese gran conjunto de “otros“ que es la humanidad, en tanto sociedad, entonces ahí te va la noticia: también te balearon a tí frente a tus hijos. Sí, así como lo lees. No importa si los tenés o no en carne y hueso. Sólo conectá con el terror de un ser humano al que le apuntan con un arma y siente que la vida se le escapa, el horror de un niño que no entiende mucho aún de este mundo y cuyo sentido de cobijo, confianza y seguridad nunca volverá a ser el mismo, la visión del sonido fulminante del disparo, la sangre, el caos, la desesperación que convergen en ese acto.

Soy mujer y soy “los otros“. Y tú eres un “otro“ también.

Dharma Lando
Foto: rebelarte.info

5 febrero 2017 Destacados

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